Las prisas de Marta
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— Tendré que estar fuera dos semanas. ¿Os arregláis sin mí, no?
Marta levantó la cabeza del libro que estaba leyendo y pensó: “ahora viene La vida familiar sin mamá—manual de instrucciones”.
Sí, efectivamente, una ristra de indicaciones, recomendaciones, listas pegadas a la nevera (turnos de trabajos, menús previstos, teléfonos más importantes).
— … Que los gemelos se tomen por la noche una cucharada de jarabe antes de ir a la cama.
(¡Ags!)
—… Que os acordéis de bajar la basura.
— … Que no mezcléis la ropa oscura con la clara en la lavadora, que después queda todo de color de perro-apaleado.
— ¡Y ya! —remató Pedro con un sentido del humor que no lo caracterizaba.
— Mamá te aseguro que vamos a sobrevivir sin ti — la tranquilizó Marta.
— O.K que andamos a hacerlo todo —añadió Bes que continuaba usando unas construcciones macarrónicas.
Las prisas de Marta por perder más peso coincidieron con aquella ausencia.
Primero suprimió el arroz, las patatas y la pasta, que la dietista le permitía cuatro veces por semana, y las rebanadas de pan de cada día. Después decidió que tomaría café sin azúcar. La báscula iba bajando cada vez más rápido: ¡51!
Después decidió que no era suficiente con suprimir determinados alimentos de los menús que le había puesto la dietista. Puso toda su capacidad de trabajo (que era mucha), todo su amor a los libros (que era casi ilimitado) y toda su curiosidad (que era grande) al servicio de un único objetivo: aprender lo que pudiese sobre dietética. Y se embotelló un montón de libros sacados de las estanterías de sus padres, prestados de la biblioteca municipal, comprados en una librería o, incluso, en algún quiosco. Lo leía todo sin calibrar la clase del material que le caía en las manos. A partir de esta investigación decidió que los lípidos, o sea, las grasas, no le convenían, de manera que eliminó las aceitunas y el aceite de las ensaladas; tampoco le interesaban los glúcidos y por eso empezó a comer yogures en vez de frutas; las proteínas le parecía que también la podían engordar, así que se olvidó de que existían la carne, el pollo o los huevos y sólo con esfuerzo se acordaba del pescado.
La báscula continuaba bajando: ¡48’5!
Marta se sentía eufórica. ¡Qué fácil era adelgazar!
Los gemelos encontraban que ir al supermercado con Marta había dejado de ser divertido. Se paraba delante de todos los productos para leerles las etiquetas: tantas calorías, tanto de grasa, tanto de lípidos… Se interesaba sólo por los productos light.
— Venga, Marta, ¡Vamos a comprar un helado…!
— ¡Uy! No, demasiadas calorías.
— Bueno, ¿Y estas galletas?
— Tampoco, tampoco. Demasiado azúcar y harina.
Los gemelos se miraban, se ponían un dedo en la sien y lo hacían girar: ¡Se ha vuelto loca de remate!
La báscula seguía bajando: ¡46!
Pero Marta ya no se sentía tan eufórica. Empezaba a estar triste, cansada y obsesionada por la comida. Tenía pesadillas: soñaba que comía un paquete entero de galletas de chocolate o un buen panecillo lleno de queso. Se despertaba sudando de angustia, se sentía culpable de haber roto la dieta. Cuando se daba cuenta de que todo había sido un sueño, se tranquilizaba un poco. Pero sólo un poco, porque el hambre no la dejaba dormir.
Si comía, se notaba llena y sucia. Por eso empezó a utilizar laxantes. En la farmacia del barrio, cuando compró la tercera caja en poco tiempo, la miraron con mala cara: lo notó. Decidió hacerse con los laxantes en sitios diferentes para que nadie sospechase. A veces, incluso, muy lejos de casa.
Se refugió más en el estudio. Ésta había sido siempre una buena solución. Estudiar, estudiar y sacar muy buenas notas. Pero nada más que estudiar y entrenar cada día un poco más, para compensar las calorías que se metía para el cuerpo.
Después, de repente, la báscula se paró. Marta se subía unas cuantas veces al día para comprobar si había habido alguna variación. Pero nada: encallada en 45’5.
Pensó que había llegado la hora de comer aún menos, o sea, de no comer.
Empezaron las mentiras:
— Hoy no voy a comer porque me duele la barriga.
El padre levantaba los hombros y continuaba a su bola.
Bes lo escuchaba sin intervenir, pero levantaba una ceja.
— No me siento con vosotros a la mesa porque ya he comido antes.
El padre, que muy bien.
Los gemelos, ¡trolera!
— No me hagas de comer nada porque no tengo ninguna gana.
El padre, muy bien, no la forcemos.
Bes, escéptica.
Los gemelos, está majara.
Y si finalmente no tenía más remedio que sentarse a la mesa, escarbaba en el plato y las pastas que hacía iban a parar al cuenco de Atila y de Candy, que pasaron de ser unos gatos esbeltos a unos gatos lustrosos, a una especie de cerdos con pinta de gatos.
La báscula: 44.
Con los kilos se iba yendo también el buen humor que, tiempo atrás, tenía Marta. Se sentía una mierda. Sí, una mierda. ¿Por qué iba a quererla Ricky o el que fuese si no valía nada? ¿Qué chico podía interesarse por ella ? Soy fea, tengo poca gracia, me cuesta hacer amigos… No puedo gustarle a nadie.
Cada vez tenía más frío. Era igual que se abrigarse con calcetines de lana o con jerseys gordos: el frío se le había metido en el cuerpo y no la quería abandonar. Siempre con la piel de gallina.
Cada día más irritable, más malhumorada y más neura. Incluso con los gemelos ya no era la de antes.
* Fragmento de la novela de Billete de ida y vuelta.

Gemma Lienas
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