De ninguna manera

Gemma LienasGemma Lienas
junio 1, 2012
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Aunque era Marta la que conocía el terreno, era Ricky el que iba delante y la arrastraba.

- ¿Ésta? – dijo señalando la puerta de la habitación de sus padres.

Marta dijo «no» espantada.

- ¿Ésta?

Marta dijo «sí» con resignación. Porque lo tenía claro: entrarían en su habitación, de acuerdo, si eso era lo que él quería, pero DE NINGUNA MANERA Ricky la vería desnuda. Había adelgazado ya unos cuantos kilos, pero aún no tantos como habría querido. Todavía no parecía Winona Ryder, puede que el vestido negro le quedara todavía demasiado ajustado (de hecho, si hubiese existido le hubiera quedado grande).

Entraron en la habitación. Ricky cerró la puerta. Ella se quedó de pie, temblando y sudando, de vergüenza, de angustia, de miedo.

Ricky se sentó en la cama y la llamó.

Ella se acercó muy len-ta-men-te. Al fin, llegó y se arrellanó a su lado. No decía nada.

La Mano (!) empezó a enrollar la camiseta de Marta hacia arriba.

- ¡No! -gritó ella. De un golpe obligó a la mano a retroceder.

Ricky abrió unos ojos como platos.

No, pensó ella. No quería que le viese las tetas gordas, nada que ver con las cerecitas de las modelos; ni la barriga, tan diferente de los vientres lisos de las tops; ni el culo, como una plaza de toros…

Ricky no entendía nada y ella no le aclaraba nada.

Ricky reaccionó: con una sonrisa le metió una chocolatina en la boca. Mmm. Bueno, chocolatinas, sí. Pero nada más.

Otra vez las chocolatinas le reblandecían el cerebro y le debilitaban la voluntad.

La mano hizo otra incursión, que fue rechazada con más violencia que la primera.

- ¡No! -gritó Marta. Y se irguió de un salto.

Los ojos como platos la miraban.

- Pero ¿qué coño te pasa?

- Nada.

- Ya estamos: nada. Entonces, ¿por qué no quieres…?

- Porque no.

- Porque  no  no es una respuesta.

- Porque… -no le apetecía decirle: porque estoy gorda, porque me da asco mi cuerpo, porque te vas a reír de mí cuando me veas-, porque…

Ricky se estiró en la cama. Los brazos abiertos y las manos bajo la cabeza. Los pelos revueltos. Los ojos mirando al techo. Estuvo así más de diez minutos, mientras Marta, erguida en el borde de la cama, se miraba la punta de los zapatos.

Él se incorporó.

- No te entiendo, ¿sabes? – con una voz que parecía papel de lija del número tres.

Ella continuó mirándose la punta de los pies, sin abrir la boca.

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta.

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