Romper el hechizo
COMMENTS
Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, un pie sobre la baldosa blanca; dos, el otro sobre la roja (sin pisar la raya de separación); tres, el primero otra vez sobre la blanca (sin perder el equilibrio, sin pisar la raya)… Si lo consigo, seguro que no voy a engordar, seguro que no me voy a poner como una foca, seguro que voy a recuperar el buen humor.
¡Ostras! Mónica me ha dado un golpe, he perdido el equilibrio y he pisado una raya. ¡Qué rabia! ¿Qué hago? ¿Vuelvo a empezar? ¿Continúo desde dónde estaba?…
¡No! Nada de eso. Dejo de hacer tonterías. Así: piso todas las rayas, aunque se me encoja el corazón, ando sin mirar en dónde pongo los pies, aunque me parezca que rompo el hechizo. Todo esto son tonterías. Juan me lo ha repetido un montón de veces: son rituales que hago obsesivamente, como consecuencia de la enfermedad. Lo mismo que lavarme tres veces contando hasta veinte. También era lo que hacía en casa: pesarme todos los días siete u ocho veces y llevar un registro del peso y las calorías y… ¡Uf!
Pero, por lo menos, por una vez desde hace mucho tiempo, he conseguido parar. Está bien, muy bien. Quizás es porque empiezo a engordar y a encontrarme mejor. Es cierto. Pero también tengo mucho miedo de ganar peso, tanto, tanto que, en algún momento, me gustaría volver a hacer trampas para perderlo. Tengo envidia de las internas que hacen trampas. Pero también la tengo de las que están completamente decididas a ponerse bien, como Susana.
He conseguido llegar a la sala de sesiones pisando rayas, baldosas y todo lo que se me ha colgado por delante. ¡Viva!
Entro y veo que Patricia ha puesto en un mural un póster de fondo granate con la fotografía de una muñeca articulada desnuda, como una especie de maniquí de los que utilizan en los escaparates de las tiendas de moda. Sólo que, en este caso, el maniquí no es esmirriado, lánguido, con pómulos marcados y aire desganado, sino que es una mujer con michelines en la cintura y a la altura de las lumbares; con muslos gordos, como jamones; con unas tetas tipo melones y un poco caídas; una cara redondita (¡y sonriente!, como si se sintiese orgullosa de ser ella misma), con mofletes y papada. Vaya, exactamente lo contrario de lo que yo quiero ser.
—Ésta es Ruby —nos la presenta Patricia.
Nos explica que forma parte de una campaña que ha puesto en marcha una cadena de productos de belleza instalada en muchos países. La muñeca («la antimodelo», pienso) se llama Ruby en recuerdo de Rubens, un pintor flamenco de finales del siglo XVI y principios del XVII que pintaba a las mujeres con formas redondeadas y llenas, ¡es decir, femeninas! Esta cadena internacional se ha propuesto reivindicar las curvas y conseguir que las mujeres se acepten como son. Dice el slogan de esta empresa (Patricia aclara que no se refiere a la población total femenina del mundo, sino sólo a las mujeres, sin que se sepa a partir de qué edad empiezan a contar): «hay tres mil millones de mujeres en el mundo y sólo ocho son supermodelos».
Como para tenerlo en cuenta, ¿eh? Porque si tres mil millones de mujeres son redonditas, con curvas, con caderas anchas, con barriguitas redondeadas, con cartucheras, con melones y toda la pesca, ¿a qué se debe que todas queramos ser escurridas y planas como un cristal? ¿Quién nos lo ha metido en la cabeza? ¿Los modistos de alta costura? ¿Los publicistas? ¿Las revistas del corazón? ¿Los chicos, que también se han dejado comer el coco con el nuevo modelo de mujer? Y por culpa de toda esta gente ¿hay que perder la salud e, incluso, la vida?
Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta.

Gemma Lienas
Comments