La chica del espejo

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Adela vuelve a entrar con unas toallas. Las deja sobre la cama.
-Tu turno -anuncia, mientras saca una llave del bolsillo de la bata, la mete en la cerradura y la hace girar. Abre la puerta de un empujón.
Entro y, como ya me había olvidado las normas, inicio un movimiento para cerrar pero lo intercepta antes de que tenga tiempo de completarlo -: Siempre abierta.
Suspiro, pero la obedezco. ¿Qué puedo hacer si no?
Me limpio los dientes y la oigo canturrear mientras cambia las sábanas y hace la cama. Por el rabillo del ojo observo la otra puerta del baño, simétrica a la mía y tras la cual está la habitación de las que van a ser mis compañeras. No se oye nada.
Adela mete la cabeza:
- ¿Va todo bien?- me pregunta
Digo que sí con la cabeza; tengo la boca llena de pasta de dientes.
-Voy a buscar un rollo de papel higiénico de recambio. Empieza a ducharte.
Me enjuago la boca, me quito el pijama y me miro el cuerpo desnudo reflejado en el espejo. Como está colgado sobre el lavabo, sólo me devuelve la imagen hasta las rodillas. Intento verme como me ven ellos: delgada hasta el dolor, hasta el horror, dicen. Un esqueleto, dicen. En cambio yo sólo soy capaz de verme como me siento: gorda. Me acaricio la cintura, subo las manos desde los riñones hasta la zona lumbar, buscando los desagradables michelines. Me pongo de perfil y me observo críticamente la barriga; la continúo viendo abultada, a pesar de que no me olvido de las palabras de mi madre cuando no hace mucho me vio desnuda: “la piel de un tambor, hija, eso parece tu vientre, plano y apergaminado”. Me observo los muslos y aunque se arquean considerablemente, me aterra que algún día lleguen a juntarse. Me contemplo las manos y los brazos: huesudos, dice Juan, pero yo no pienso lo mismo. ¿Cómo será mi cuerpo de aquí a tres o cuatro semanas? ¿Habré empezado a acumular más grasa de la que tengo ahora?
¡No quiero engordar! ¡No quiero engordar!
La chica del espejo me observa con terror. De repente se le hinchan las mejillas como si se hubiese metido una manzana entera en la boca. La papada se le desarrolla hasta el punto de que es imposible determinar los límites entre la barbilla y el cuello. Con un gemido, la chica alza impotente los brazos -unos brazos regordetes como globos que alguien hubiese retorcido por los extremos hasta dejarlos convertidos en ridículos perros-salchicha- y se tapa los pechos, una masa enorme, lechosa y temblona.
La opresión del pecho reaparece con una fuerza inusitada. Me ahogo. Trago una bocanada de aire tras otra con la mayor amplitud de que soy capaz y no consigo llenarme los pulmones. El corazón se me acelera y late irregularmente: de pronto tres latigazos seguidos; de repente ningún sonido. El cuerpo se me cubre de un sudor frío: me parece que me voy a desmayar. Quizá esto es la visita de la Parca (dice la Vilagut que las parcas regían el destino: una hilaba la lana, la otra la enrollaba y la tercera, la que determinaba el momento de la muerte, cortaba el hilo). Miro hacia el techo donde hasta hace un momento brillaban dos pequeños ojos de buey; han desaparecido. No entiendo por qué si las dos luces se han borrado del techo, la habitación continúa iluminada. Ahora los dos focos se hacen visibles de nuevo, con una luz imposible de contemplar. Cierro los ojos, me dejo ir y me siento en el borde de la bañera. No puedo más. Estoy asustada. Me parece que me estoy volviendo loca. Y no quiero engordar, no quiero.
-Pero niña, pordiós, ¿todavía no te has duchado?
Adela ha entrado sin avisar. Cuando nuestras miradas se cruzan, una sombra de alarma se asoma a sus ojos.
-¿Estás bien?- y se me pone al lado y me ayuda a incorporarme y a mantenerme derecha sin vacilaciones.
El pulso se me ha normalizado, el sudor ha desaparecido, la respiración ha recuperado ritmo.
-¿Te ves con ánimos de ducharte sola? -me pregunta Adela que aún me sujeta el brazo con fuerza.
-Sssí- le contesto titubeando. Y añado cuando noto que me suelta y que se dispone a salir de la habitación-: pero, por favor, no te vayas muy lejos.
-De acuerdo.

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta.

Gemma Lienas

Superar un trastorno del comportamiento alimentario

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Los trastornos del comportamiento alimentario se pueden curar. Este es el mensaje que transmite María Cuesta des de su libro “La meva anorèxia” (“Mi anorexia”). Maria añade su testimonio al de muchas otras adolescentes pero también al de muchas otras personas adultas que han podido plantar cara a una enfermedad como la anorexia o la bulimia nerviosas http://lamevaanorexia.cat/blog/.

Muchas veces hemos oído que los trastornos del comportamiento alimentario son enfermedades que acompañan a la persona a lo largo de toda su vida y no se llegan a superar nunca. Pero la experiencia de personas que han retomado su vida después de una enfermedad de este tipo, lo desmiente. Datos oficiales concluyen que más de un 70% de las personas que sufren anorexia o bulimia nerviosas se recuperan y mejoran significativamente.  Sí, después de sufrir anorexia nerviosa se puede salir adelante: retomar los estudios (en el caso de haber estado interrumpidos por la enfermedad), desarrollarse con éxito profesionalmente, formar una familia… en definitiva, continuar con todos aquellos proyectos que la persona se había planteado.
Sí, de acuerdo, los porcentajes sólo son porcentajes, pero en el caso que nos ocupa invitan al optimismo y a creer que la recuperación es posible.

Para superar los trastornos del comportamiento alimentario hace falta que la persona enferma pida ayuda y siga un tratamiento especializado. Estas condiciones harán posible el éxito y que muchas personas como María puedan afirmar que sufrieron un trastorno del comportamiento alimentario y ya lo han superado y seguramente fortalecidas para mirar el presente y el futuro de cara.

Para más información de centros y recursos especializados para familiares y enfermos podéis consultar la página oficial de FEACAB (Federación Española de Asociaciones de Lucha y Ayuda contra la Anorexia y la Bulimia nerviosas) www.feacab.org o bien, www.acab.org .

Cristina Carretero

¿Es tan importante llegar y mantenerte en el peso mínimo saludable para ‘curarse’ de la Anorexia nerviosa?

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Un tema recurrente en los grupos que tenemos con las pacientes hospitalizadas en nuestra unidad es el peso mínimo que deben alcanzar. La negociación de este peso mínimo saludable siempre es motivo de desacuerdo y, salvo raras ocasiones, nunca se llega a un consenso.

Sin embargo, aunque este puede ser un punto decisivo no tiene porque suponer que no se puedan trabajar otros aspectos relacionados. Teniendo en cuenta que el mejor índice de la respuesta al tratamiento es la recuperación ponderal, y de las funciones corporales relacionadas (aparición de la menstruación); y que sin un peso mínimo sano, no podemos afirmar que una paciente se ha recuperado de su trastorno (aunque en otros aspectos psicológicos esté casi normalizada). A veces, se obvian las motivaciones por las que alguien no quiere llegar a este peso.

Independientemente de que para quienes padecen un trastorno alimentario, bajar el peso y controlar la alimentación tiene un efecto inmediato en mejorar la autoestima y la sensación de control. Y que el control de la dieta facilita adquirir un sentido de individualización, habitualmente  enfrentándote a tu entorno familiar. Hacer dieta y controlar la ingesta acaba siendo una ‘excelente’ estrategia para manejar la ansiedad que te provocan las pequeñas contrariedades, las situaciones de fracaso o las ‘amenazas’ en las relaciones interpersonales.

No querer ganar peso, aunque estés convencido de que la enfermedad no te aporta ventajas, significa en último caso el mantener la posibilidad de volver a refugiarte en la enfermedad si alguna vez vuelves a tener miedo a tu futuro. Por lo tanto, en mi opinión, aceptar ganar y mantenerte en un peso mínimo saludable es cortarte la retirada – quemar las naves- ante la posibilidad de volver en el futuro a la enfermedad.

Luis Beato

Mi hija ¿anoréxica?

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P- Tampoco es por mi familia. Creo que lloro por mi misma, porque me siento miserable.
T- ¡Miserable! Qué adjetivos tan duros utilizas para calificarte.
P- Me siento muy pringada. No es divertido.
T- Estoy seguro de ello, pero no es más que una consecuencia de la enfermedad. Tienes que convencerte, Marta: que te cures depende sólo de ti, de que aceptes que estás enferma y que tienes que cooperar para salir de la enfermedad. ¿Lo entiendes, no?
P- Sí.
T- ¿Quieres que los llame y les dé yo mismo la noticia?

¡No! ¡De ninguna manera! A aquella hora no estaría en casa más que su padre (y los gemelos y Bes, naturalmente). Prefería que la noticia la recibiesen al mismo tiempo el padre y la madre, y de su boca. Por lo menos su madre tendría una reacción. Mala, seguro. Marta podía imaginar cómo se enfadaría y le echaría en cara (cargada de razón) que les hubiese dicho mentiras (¿otra vez, Marta?) a propósito de la comida. Se imaginaba también que se entristecería, porque le parecería grave tener que internar a su hija mayor en el hospital. Y seguramente se revolvería contra sí misma, porque se consideraría responsable, en parte (ella era  Doña Perfecta), de lo que le había pasado a Marta. Sí, ya sabía que no la iba a aplaudir pero, así y  todo, la apoyaría.
En cambio su padre no sabría qué decir. Por su naturaleza porexpánica y porque no entendía nada de nada de lo que le estaba pasando a su hija mayor.
Marta recordó la cara de sorpresa que había puesto su padre la tarde que Juan les comunicó el diagnóstico de su enfermedad. En cambio la madre, no movió ni un músculo. Ella lo sospechaba de un tiempo a esta parte, por eso había buscado un sicólogo, por eso los había arrastrado a ella y a Pedro al ambulatorio. El padre no lo podía entender. ”¿Anoréxica?”, repetía una y otra vez como si le costase entender la palabra. Pero cuando Juan comenzó una explicación técnica para que se hiciese cargo de cuál era la enfermedad que tenía Marta, Pedro lo cortó. “Sé perfectamente en qué consiste la anorexia. Leo los periódicos y no se me escapa de qué va esta enfermedad”. Y añadió que lo que le había dejado pasmado era que la tuviese su hija. “Creía que esto sólo le pasaba a las modelos y a algunas deportistas de élite”. Aquella tarde Pedro miraba fijamente a Marta como si la viese por primera vez, como si fuese una desconocida para él o como si acabase de descubrir una faceta nueva tan imprevisible que la reducía a la condición de una extraña. Y Juan, con paciencia y tacto le había explicado que aquello era cada vez más frecuente y que muchísimas chicas -más que chicos- estaban atrapadas en aquel infierno, y que eran hijas de familias normales, con padres normales, hermanos normales, con maneras de ser normales y con expedientes académicos incluso brillantes. “Sí, sí”, decía el padre, a quien tanta normalidad le resultaba familiar, pero que continuaba sin saber cómo encajar la pieza del rompecabezas que le habían puesto en las manos: la anorexia de la hija.

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta.

Gemma Lienas

Arañas en la barriga

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¿Cómo podía vomitar Marta aquel malestar que tenía en el pecho? ¿Metiendo dos dedos en la garganta, como había hecho tantas veces antes para echar la comida ? Aggs! Y fuera el plato de macarrones que acababa de tragarse.

-Marta, ¿te encuentras mal?- le habían preguntado los gemelos la noche que la encontraron con la cabeza casi metida en la taza del  váter

 

Ella todavía con unos hilitos pringosos que le colgaban de los labios y se perdían en el fondo de la porcelana blanca, se aturulló:

-Vomito las arañas que tengo en la barriga

Pero ya no tuvo tiempo de frenarlos

-Mamá, mamá -corrían por el pasillo para informar a la autoridad competente- que Marta debe tener gusanos en la barriga (habían hecho una interpretación libre de la metáfora de la hermana).

-Está gomitando.

Y la pusieron en guardia, naturalmente; sólo le faltaba eso para empezar a no dejarla en paz.

Pero no era tan fácil expulsar las emociones fuera del cuerpo. Ni siquiera las palabras para describirlas. ¿Qué le podía decir? ¿Que tenía miedo? ¿Que estaba cansada? ¿Que no podía respirar de angustia? Se sentía contra las cuerdas. Acorralada (pero, ¿por quién?). Por eso no le importaba tener que ingresar en la unidad de psiquiatría. Hasta cierto punto, tenía ganas porque había llegado a una situación en que se debatía como un animal enjaulado: un cercado muy pequeño, y con cuatro zancadas llegaba a los topes. No sabía cómo salir de allí.

¿Le iba a volver a describir la sensación que notaba tan pronto como se despertaba? Una zarpa que le agarraba el estómago, le comprimía los pulmones hacia arriba y casi le impedía respirar. Era como si cada mañana la saludase: “eh, guapa, ¿qué te creías, que me había ido?”. Marta se veía obligada a inspirar profundamente, hacia dentro, hacia dentro, para estar segura de que una corriente de aire le entraba en los pulmones. Y eso que el efecto de la bocanada duraba poco. Al cabo de un rato ya volvía a boquear, medio asfixiada, como si fuese un pez fuera del agua. Otra vez una amplia inspiración. Un cansancio brutal. Terror de acabar ahogándose de verdad.

“No debes tener miedo”, le había dicho Juan la primera vez que se lo había contado, “es ansiedad; son las manifestaciones físicas de tu estado emocional. Pero no te matarán, te lo aseguro”.

¡Como si sirviese de algo conocer el nombre de aquella emoción! Los efectos no habían disminuido. Marta continuaba destrozada por la ansiedad. Pues entonces, ¡que la encerrasen! Ella ya no sabía qué hacer.

T-  Marta, ¿estás llorando?

P-Sí, ¡y qué!

T-Y nada. Ea, ten este pañuelo de papel y suénate.

T-  ¿Continúas con dolor de cervicales?

P- Sí

T- ¿Sabes que eso es tensión, no?

P- Mmmm.

T- ¿Has practicado en casa la relajación tal como te  enseñé?

P- Lo he intentado, pero la verdad es que ha sido un desastre. Cuando estoy contigo es fácil, pero cuando estoy sola, ni siquiera recuerdo lo que tengo que hacer.

T-  Llegar a un estado de relajación profunda y ser capaz de ello sin ayuda exterior requiere mucha práctica. En el hospital tendrás la oportunidad de asistir a sesiones de relajación sola y acompañada de otras chicas.

T-  No pongas esa cara. Ya sé que ahora te resulta difícil relacionarte con los demás.

P- Difícil, no; imposible. Vaya, ¡que no quiero! Sólo de pensar en conocer gente nueva, me pongo mala. Si ni siquiera soy capaz de hablar con Claudia. Y eso que es mi mejor amiga…

 

 Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta.

 

 

Gemma Lienas

sin denuncias y sin la implicación de todos, no hay cambios

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En España es frecuente la queja: nos quejamos del lío de las tallas, nos quejamos del uso indiscriminado de personas enfermas de anorexia o bulimia por parte de algunos medios de comunicación con objetivos morbosos, nos quejamos de los déficits de nuestra sanidad respecto las enfermedades mentales, nos quejamos del ideal de belleza delgado que nos somete a todos a una tortura de regimenes e insatisfacción constantes, nos quejamos….

La queja aporta la posibilidad del debate, de crear mayor opinión pública, pero al no ser estructurada no consigue muchas veces llegar a las instancias que pueden cambiarlo. Si no se tramitan denuncias cuando las tallas de los pantalones no corresponden las empresas desconocen el nivel de insatisfacción y de malestar que causa esto en todos nosotros. Igualmente en el caso de los medios de comunicación o las autoridades sanitarias.

La corresponsabilidad democrática cuenta con la participación estructurada de las personas para mejorar el estado del bienestar y crear una sociedad más justa: uno de los canales privilegiados para estructurar esta participación son las asociaciones. En el caso de las asociaciones de lucha contra la anorexia y la bulimia, se trata no sólo de organizaciones que atienden enfermos y familiares para mejorar su calidad de vida, sinó de verdaderos organismos de REPRESENTACIÓN Y DENUNCIA SOCIAL.

Algunos de los cambios más interesantes a nivel social y de justicia se están vehiculando a través de estas instituciones, como  las campañas de defensa de los derechos humanos de Aministia Internacional , las campañas de lucha contra la pobreza de Intermón-Oxfam , o la campaña para el cierre de páginas que promueven la anorexia y la bulimia promovida por ACAB e  impulsada por la Agencia de Calidad de Internet y Microsoft .

                                                   

 

Marta Voltas

Cuando la obesidad te hace víctimas del rechazo social

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Al concluir la charla sobre trastornos del comportamiento alimentario una madre inquieta levantó la mano para participar, ella expresó su preocupación por los constantes comentarios negativos que sufre su hija de 9 años, Julia, quién con frecuencia era  víctima de calificativos hirientes referidos  a su obesidad  por parte de sus compañeros, quiénes incluso evitaban compartir juegos y actividades escolares  con ella. Julia manifestaba a su madre el deseo de no asistir a la escuela, de quedarse sola en casa. A pesar de los esfuerzos maternos por evitar consecuencias negativas de esta situación, la niña continuaba expresando tristeza y  dolor por la situación de que era víctima.  Con frecuencia Julia  comentaba “sí yo no fuera gorda mis compañeros si me querrían”.

No hay duda, investigaciones y un sin número de  experiencias lo confirman: Los niños y adolescentes obesos son víctimas de rechazo. Suelen sufrir  insultos, bromas, chistes, por parte de los padres, compañeros, profesores y medios de comunicación.obesidad

El motor del rechazo a la obesidad es el actual estereotipo de belleza: la delgadez como único modelo estético aceptable. Por lo tanto las personas obesas son objeto de estigma social.

A los 6 años los niños y niñas ya tienen interiorizado la idea de belleza, han aprendido de adultos y medios de comunicación que  estar delgado es un atributo positivo, mientras que estar gordos es negativo. Esto facilita que los niños desde pequeños manifiesten rechazo a la obesidad realizando comentarios ofensivos e hirientes a sus compañeros obesos, llegando incluso a marginarlos.  Esta situación puede causar serias  consecuencias psicológicas tales como: pobre concepto de si mismo,  déficits en habilidades sociales, aislamiento social,   preocupación e insatisfacción con la imagen corporal. Todos estos aspectos pueden desencadenar Trastorno de la Conducta Alimentaria.

Además durante la adolescencia la relación con el grupo de iguales es fundamental para conformar la propia identidad y  la autoestima.  En esta etapa ser objeto de comentarios negativos, no recibir apoyo social y sentirse excluido  afectará  al autoconcepto, generando a su vez malestar psicológico. Leer el resto de esta entrada »

Norma Orozco

Anorexia nerviosa a los 40

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Actualmente, un 6% de la población femenina joven y adolescente está sufriendo un trastorno del comportamiento alimentario (anorexia nerviosa, bulimia nerviosa y otros trastornos del comportamiento alimentario). Un 11% están presentando alto riesgo de sufrir algún trastorno de este tipo, presentando muchas de ellas síntomas propios de estas enfermedades.

Los estudios epidemiológicos que existen hasta la actualidad se centran en investigar el número de chicas jóvenes afectadas por estas enfermedades, ya que éstas son el grupo de mayor riesgo de padecerlas.anorexia

Ya hace algún tiempo que las asociaciones de lucha contra la anorexia y la bulimia y los especialistas en este campo, advierten del aumento de consultas por parte de personas adultas. Muchas veces, estas personas que presentan un cuadro de anorexia o bulimia nerviosa u otro trastorno no especificado, peregrinan durante mucho tiempo antes de llamar a la puerta de un especialista en este tipo de trastornos ya que no responden al perfil de enfermos/as. Consecuentemente, el inicio del tratamiento puede demorarse.

En la literatura científica no existe ningún estudio riguroso sobre la prevalencia de estas enfermedades en esta franja de edad. Sí que existen indicadores indirectos como el aumento de operaciones de estética, el aumento de seguimiento de dietas restrictivas y el consumo de productos adelgazantes.  Pero no disponemos de cifras exactas sobre el porcentaje de población adulta enferma.

Estos datos podrían darnos más pistas de por qué una persona debuta en anorexia nerviosa a los 40 años o sí bien, ha cronificado su enfermedad durante todo este tiempo. Los resultados permitirían realizar programas de prevención y de tratamiento específicos para este colectivo para evitar la aparición de nuevos casos así como favorecer un pronóstico positivo en la evolución del trastorno.

Cristina Carretero

El problema de Marta

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Casete 5.Cara B. Sesión individual

Terapeuta : Juan M. Paciente : Marta P.

  • T- ¿Recuerdas cuál es el trato, Marta?
  • T- Marta, por favor, mírame…Ya sé que esta situación no te resulta nada agradable, pero para mí tampoco lo es. Contéstame. ¿Te acuerdas del trato?marta

P-Sí.

T-¿Me lo quieres repetir, por favor?

P-Pues que si llegaba a pesar menos de cuarenta kilos tendría que ingresar.

T-¿Y sabes cuánto pesas esta semana?

 
¿Cómo lo habría podido saber Marta? ¿Qué se creía Juan? ¿Que ella era el oráculo de Delfos? La Vilagut, la de literatura, les explicaba con frecuencia mitología clásica -”no se puede entender la literatura si no se sabe nada de mitología”, decía. Y les había contado que en Delfos, en la antigua Grecia, el dios Apolo había matado a la serpiente Pitón para apoderarse del santuario que guardaba la bestia. A partir de aquel momento, la pitia, una doncella, era la encargada de hacer las profecías en nombre del dios. La obligaban a ayunar durante tres días (esto para Marta no habría sido ningún inconveniente; le era fácil), la bañaban en las aguas inspiradoras de la fuente Castalia (Marta no sabía si el agua de su casa era muy inspiradora pero, en cualquier caso, por falta de agua no iba a ser porque, con la manía de los microbios a punto de atacarla por cualquier flanco, se pasaba horas bajo la ducha). Después la sentaban encima de un trípode sagrado, delante de una grieta de la roca por donde salían emanaciones gaseosas y la pitia soltaba palabras mal articuladas que eran interpretadas por los sacerdotes…y ya tenían la respuesta que necesitaban. Marta se veía en la cocina de su casa en un taburete de tres patas,  delante de los vapores de la olla exprés… Leer el resto de esta entrada »

Gemma Lienas

De la anorexia al feminismo

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Yo nací a finales de los 70, en una sociedad en la que aún eran frecuentes y visibles comportamientos machistas. Aún así, yo no fui muy consciente de ello, o mejor dicho, no los vivía en primera persona. Los cambios que se han producido en las últimas décadas en cuanto a libertades personales y especialmente, libertades femeninas han sido muy importantes.

Pero, ¿por qué en una sociedad en la que la mujer ha salido a la calle para reclamar sus derechos, denunciar su invisibilidad, seguimos encorsetadas en un cuerpo imposible?.  Hoy sí soy consciente de la presión que sufrimos las mujeres para conseguir aquel ideal irreal que nos marcan, que nos marcamos. Para ser feliz tienes que tener un cuerpo delgado, muy delgado y con unas formas imposibles a cualquier edad.

Nos lo recuerdan en la publicidad, las series de moda, el cine… Ser delgada es sinónimo de mujer independiente, triunfadora, con éxito profesional y personal: sinónimo de “super woman”. Y con el tiempo una se da cuenta que el cuerpo puede ser el camino a la infelicidad, a la dependencia que ahoga. ¡Cuántos casos de trastornos del comportamiento alimentario debutan en chicas de ya cumplidos los 30 pensando que ellas ya no eran vulnerables a estas enfermedades!.

La presión por ser la Mujer Ideal puede arrastrarte a sucumbir a los designios de una sociedad que prima la estética y la belleza frente a otros parámetros válidos a través de los cuales una puede valorarse y triunfar. Hoy sí vivo en primera persona la falta de libertades de la mujer encorsetada y la necesidad de decir NO: yo soy mucho más que mi cuerpo.

Cristina Carretero