¿Cómo podía vomitar Marta aquel malestar que tenía en el pecho? ¿Metiendo dos dedos en la garganta, como había hecho tantas veces antes para echar la comida ? Aggs! Y fuera el plato de macarrones que acababa de tragarse.
-Marta, ¿te encuentras mal?- le habían preguntado los gemelos la noche que la encontraron con la cabeza casi metida en la taza del váter
Ella todavía con unos hilitos pringosos que le colgaban de los labios y se perdían en el fondo de la porcelana blanca, se aturulló:
-Vomito las arañas que tengo en la barriga
Pero ya no tuvo tiempo de frenarlos
-Mamá, mamá -corrían por el pasillo para informar a la autoridad competente- que Marta debe tener gusanos en la barriga (habían hecho una interpretación libre de la metáfora de la hermana).
-Está gomitando.
Y la pusieron en guardia, naturalmente; sólo le faltaba eso para empezar a no dejarla en paz.
Pero no era tan fácil expulsar las emociones fuera del cuerpo. Ni siquiera las palabras para describirlas. ¿Qué le podía decir? ¿Que tenía miedo? ¿Que estaba cansada? ¿Que no podía respirar de angustia? Se sentía contra las cuerdas. Acorralada (pero, ¿por quién?). Por eso no le importaba tener que ingresar en la unidad de psiquiatría. Hasta cierto punto, tenía ganas porque había llegado a una situación en que se debatía como un animal enjaulado: un cercado muy pequeño, y con cuatro zancadas llegaba a los topes. No sabía cómo salir de allí.
¿Le iba a volver a describir la sensación que notaba tan pronto como se despertaba? Una zarpa que le agarraba el estómago, le comprimía los pulmones hacia arriba y casi le impedía respirar. Era como si cada mañana la saludase: “eh, guapa, ¿qué te creías, que me había ido?”. Marta se veía obligada a inspirar profundamente, hacia dentro, hacia dentro, para estar segura de que una corriente de aire le entraba en los pulmones. Y eso que el efecto de la bocanada duraba poco. Al cabo de un rato ya volvía a boquear, medio asfixiada, como si fuese un pez fuera del agua. Otra vez una amplia inspiración. Un cansancio brutal. Terror de acabar ahogándose de verdad.
“No debes tener miedo”, le había dicho Juan la primera vez que se lo había contado, “es ansiedad; son las manifestaciones físicas de tu estado emocional. Pero no te matarán, te lo aseguro”.
¡Como si sirviese de algo conocer el nombre de aquella emoción! Los efectos no habían disminuido. Marta continuaba destrozada por la ansiedad. Pues entonces, ¡que la encerrasen! Ella ya no sabía qué hacer.
T- Marta, ¿estás llorando?
P-Sí, ¡y qué!
T-Y nada. Ea, ten este pañuelo de papel y suénate.
…
T- ¿Continúas con dolor de cervicales?
P- Sí
T- ¿Sabes que eso es tensión, no?
P- Mmmm.
T- ¿Has practicado en casa la relajación tal como te enseñé?
P- Lo he intentado, pero la verdad es que ha sido un desastre. Cuando estoy contigo es fácil, pero cuando estoy sola, ni siquiera recuerdo lo que tengo que hacer.
T- Llegar a un estado de relajación profunda y ser capaz de ello sin ayuda exterior requiere mucha práctica. En el hospital tendrás la oportunidad de asistir a sesiones de relajación sola y acompañada de otras chicas.
…
T- No pongas esa cara. Ya sé que ahora te resulta difícil relacionarte con los demás.
P- Difícil, no; imposible. Vaya, ¡que no quiero! Sólo de pensar en conocer gente nueva, me pongo mala. Si ni siquiera soy capaz de hablar con Claudia. Y eso que es mi mejor amiga…
Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta.





