Durante unos minutos Marta oyó las voces de sus hermanos que, progresivamente, se fueron apagando como si lo que hacían, sin Bes, no tuviese ya ninguna gracia.
-¿Y si vamos a despertar a la princesa-pies-de-viento? -oyó que proponía uno de ellos.
Y, en seguida, la réplica del otro:
- Querías decir la princesa-de-morros, ¿no?
“¿La princesa-de-morros?” ¿Así era como la llamaban ahora los gemelos? Marta se avergonzó, pero no le extrañó. Se lo había ganado a pulso, porque, desde que había metido la quinta marcha a su régimen de adelgazamiento, se había convertido en la hermana más huraña del mundo.
- ¡Ay, sí! Ya no me acordaba del nuevo nombre. Como antes era tan simpática…
- Antes. Eso era antes de estar tan delgada y de estar siempre de mala gaita.
- ¿Y si lo intentamos?
- ¡Venga!
Unos piececitos descalzos se movieron rápidamente hacia su habitación. Ella se prometió que iba a estar a la altura de las circunstancias. La princesa-pies-de-viento renacía. La manilla de la puerta se movió. La princesa cerró los ojos e hizo como que dormía. La puerta se abrió y dos cabezas con un mechón azul aparecieron por la abertura.
- Princesa -murmuraron (se notaba que desconfiaban de la princesa casi tanto como del capitán azul) al mismo tiempo los dos comanches-. Nos quieren capturar.
-De ninguna manera – dijo la princesa sacando fuerzas de flaqueza e intentando poner una voz convincente de princesa india de las de antes.
Los comanches dieron gritos de alegría (¡era realmente la princesa-pies-de-viento!) y le saltaron sobre la barriga. La llenaron de besos pringosos de colacao. Ella les devolvió besos con sabor a … nada, decidió finalmente.
Los metió en la cama con ella. Se quedaron estirados y quietos, uno a cada lado, con los ojos bien abiertos.
-¿Sabes qué quieren hacernos?
- Cortarnos las cabelleras.
-¿Ah, sí?- preguntó la princesa -Yo creía que eran los comanches los que arrancaban las cabelleras a los enemigos.
- No, ahora en serio, Marta.
- Mamá quiere llevarnos a la peluquería porque dice que nos ha crecido demasiado el pelo.
- Y nos va a cortar el mechón del tío Lalo.
- Leonera dice que sin el mechón azul ya no seremos comanches, porque nos faltarán las pinturas de guerra.
La princesa-pies-de-viento rumiaba de qué manera podían recuperar el aire de indios una vez que les cortasen el mechón azul.
- Le podemos pedir al tío Lalo que os tiña otra vez un mechón
-¡Vale, sííí!
- ¡Guay! Esta vez le podemos decir que sea rojo.
Marta pensó que si el tío Lalo les hacía caso, se iba a organizar otro follón en casa.
-¿Por qué no te levantas y vienes a jugar con nosotros al comedor?
- Sí, venga. Tú podrías ser la que da la salida de la carrera.
Marta bostezó, se estiró y dijo que de acuerdo.
- Venga, ponte la bata – la apuraron los gemelos que se habían levantado como cohetes.- Te esperamos en el comedor.
Marta fue hacia el armario, lo abrió para descolgar la bata y se topó con la imagen que reflejaba la luna de la puerta: una chica que llevaba un camisón corto de tirantes. Se quedó embobada. “Caderas anchas y tetas de melón”, pensó; se puso de perfil: “barriga salida y un culo como una catedral” (fue una lástima que no les preguntase la opinión a los gemelos porque le habrían dicho cómo la veían ellos, como era en realidad: una chica tan delgada que parecía un espantapájaros).
Marta se dijo que era una suerte que Ricky no la hubiese visto con aquel camisón, porque no lo habría podido soportar.
“Estoy horrorosa”, pensó. Y aquel pensamiento le generó un malhumor tan potente que cuando los gemelos volvieron a reclamarla, los mandó a freír espárragos :
-¡Dejadme en paz! ¿No sois ya mayorcitos para jugar solos?
Los gemelos abrieron los ojos con sorpresa.
- Vaya, sí, ya está de bruja piruja.
- Ostras, sí, ha vuelto la princesa-de-morros.
Marta se sintió avergonzada de nuevo, pero fue incapaz de controlar el malhumor.
Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta por Gemma Lienas.
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