Romper el hechizo
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Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, un pie sobre la baldosa blanca; dos, el otro sobre la roja (sin pisar la raya de separación); tres, el primero otra vez sobre la blanca (sin perder el equilibrio, sin pisar la raya)… Si lo consigo, seguro que no voy a engordar, seguro que no me voy a poner como una foca, seguro que voy a recuperar el buen humor.
¡Ostras! Mónica me ha dado un golpe, he perdido el equilibrio y he pisado una raya. ¡Qué rabia! ¿Qué hago? ¿Vuelvo a empezar? ¿Continúo desde dónde estaba?…
¡No! Nada de eso. Dejo de hacer tonterías. Así: piso todas las rayas, aunque se me encoja el corazón, ando sin mirar en dónde pongo los pies, aunque me parezca que rompo el hechizo. Todo esto son tonterías. Juan me lo ha repetido un montón de veces: son rituales que hago obsesivamente, como consecuencia de la enfermedad. Lo mismo que lavarme tres veces contando hasta veinte. También era lo que hacía en casa: pesarme todos los días siete u ocho veces y llevar un registro del peso y las calorías y… ¡Uf!
Pero, por lo menos, por una vez desde hace mucho tiempo, he conseguido parar. Está bien, muy bien. Quizás es porque empiezo a engordar y a encontrarme mejor. Es cierto. Pero también tengo mucho miedo de ganar peso, tanto, tanto que, en algún momento, me gustaría volver a hacer trampas para perderlo. Tengo envidia de las internas que hacen trampas. Pero también la tengo de las que están completamente decididas a ponerse bien, como Susana.
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Gemma Lienas
Marta Voltas 
María Cuevas 

Es bien sabido que con la llegada de la pubertad se inicia el riesgo de iniciar un trastorno del comportamiento alimentario (TCA). Los cambios hormonales determinan modificaciones corporales que, en última instancia, convertirán físicamente en adulto a quien hasta ese momento no era más que un niño o una niña. Ese riesgo es mayor para las adolescentes que para los chicos. Las chicas, al percibir cómo se modifica su cuerpo, cómo se redondea, cómo se establecen los depósitos de grasa (muslos, caderas…), cómo aumenta su peso, es fácil que experimenten cierta ansiedad, a veces mucha, por el temor de estar alejándose del modelo estético corporal vigente, es decir, de un cuerpo delgado. Cuanto más intensa sea esa insatisfacción corporal, tanto más probable será que incurran en alguna conducta destinada a perder peso y adelgazar y, por tanto, corran el riesgo de sobrepasar lo médicamente correcto e iniciar un TCA.
Luis Beato
Esta afirmación es relativamente frecuente en pacientes que están en tratamiento por un trastorno de la conducta alimentaria. Sin embargo, por mucho peso que pierdan, rara vez llegan a sentirse a gusto con su figura. Ocasionalmente les comento que, igual que no reconocen su voz cuando previamente la han grabado y luego la escuchan, tampoco pueden ver su figura como los demás la perciben. La percepción y valoración de nuestra imagen corporal está influida por la percepción general que tenemos de nosotros mismos, por nuestra autoestima, por experiencias previas, nuestro estado de ánimo o las creencias más o menos conscientes de nuestras cualidades y características. Perder peso y mantener una figura delgada con frecuencia es valorado por el paciente como la demostración más clara de que pueden controlar su vida y supone un claro aliciente en su sentimiento de valía personal. La distorsión y la sobrevaloración de la importancia de su aspecto físico es un síntoma grave y limitante, tanto para su bienestar y autoestima, como para la necesaria seguridad en las relaciones interpersonales. Desgraciadamente, además suele ser persistente, aún cuando los síntomas propios del trastorno alimentario ya hayan remitido y se mantenga un peso saludable con un patrón alimentario adecuado.
David Nuñez 
