Romper el hechizo
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Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, un pie sobre la baldosa blanca; dos, el otro sobre la roja (sin pisar la raya de separación); tres, el primero otra vez sobre la blanca (sin perder el equilibrio, sin pisar la raya)… Si lo consigo, seguro que no voy a engordar, seguro que no me voy a poner como una foca, seguro que voy a recuperar el buen humor.
¡Ostras! Mónica me ha dado un golpe, he perdido el equilibrio y he pisado una raya. ¡Qué rabia! ¿Qué hago? ¿Vuelvo a empezar? ¿Continúo desde dónde estaba?…
¡No! Nada de eso. Dejo de hacer tonterías. Así: piso todas las rayas, aunque se me encoja el corazón, ando sin mirar en dónde pongo los pies, aunque me parezca que rompo el hechizo. Todo esto son tonterías. Juan me lo ha repetido un montón de veces: son rituales que hago obsesivamente, como consecuencia de la enfermedad. Lo mismo que lavarme tres veces contando hasta veinte. También era lo que hacía en casa: pesarme todos los días siete u ocho veces y llevar un registro del peso y las calorías y… ¡Uf!
Pero, por lo menos, por una vez desde hace mucho tiempo, he conseguido parar. Está bien, muy bien. Quizás es porque empiezo a engordar y a encontrarme mejor. Es cierto. Pero también tengo mucho miedo de ganar peso, tanto, tanto que, en algún momento, me gustaría volver a hacer trampas para perderlo. Tengo envidia de las internas que hacen trampas. Pero también la tengo de las que están completamente decididas a ponerse bien, como Susana.
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