Después de desayunar, entro en la sala de sesiones todavía con el mal gusto de boca del sobre de farmacia que Juan me hace tomar. Olga se ha asegurado de que no deje ni una gota. Están dispuestos a engordarme tanto si quiero como si no. ¡Ags! ¡Qué asco! Son mucho mejores los cruasanes…
Patricia nos espera ya de pie, delante de la pizarra donde ha dibujado un esquema que lleva como título AUTOIMAGEN.
Nos sentamos todas alrededor de la mesa y ella empieza a exponernos el tema, que no es nuevo. Hay que insistir en él porque -dice, y estoy de acuerdo- todas tenemos la autoimagen muy deteriorada y tenemos que recomponerla.
Porque la autoimagen, dice, o sea, la imagen que tenemos de nuestro cuerpo, es como un rompecabezas, formado por piezas distintas.
Una pieza es el propio cuerpo, considerado objetivamente. Ob-je-ti-va-men-te, recalca, o sea, los datos observables y cuantificables: edad, sexo, peso, altura…
Intento pensar en mi cuerpo sin hacer trampas, como si tuviese que describirlo a alguien que nunca lo hubiera visto. Y repaso: 1,63 de altura, 39 kilos de peso, ojos marrón chocolate, pelo oscuro y liso… Eso quiere decir objetivo.
Patricia prosigue con la explicación de cómo se forma la imagen corporal: cuando pensamos en nosotras mismas, seleccionamos determinadas partes de nuestro cuerpo. Según la hagamos positiva (ojos bonitos) o negativa (caderas muy anchas), nos creamos una imagen satisfactoria o no. Dice, sin embargo, que esta imagen puede estar distorsionada, es decir, que no vemos el cuerpo tal como es en realidad sino mucho más gordo de lo que es, cosa muy frecuente entre las mujeres, y más entre las que padecemos trastornos de alimentación.
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