Algún día he salido pitando de casa, con el bolso en una mano, la cazadora en la otra, una bolsa que, no sé por qué, me la he echado al hombro… y ya si hablamos del invierno… con la bufanda a medio poner ¡y los guantes en la boca! No hago más que llegar al coche y lo suelto todo. Arrancamos motores, y nos vamos. Llego a mi lugar de destino y ¿cuál es mi sorpresa? ¡Oh, Dios mío, no llevo el móvil!
Podría tener múltiples reacciones pero sin dudarlo, sé cuál no tendría: la de desesperarme. Es una faena que se te olvide el teléfono, sobre todo si sales de casa durante todo el día, pero tampoco es un drama.
Una situación muy parecida se vivió ayer en nuestro país –y parte del extranjero: Asia, África y, en fin, en toda Europa-, cuando, nuestras pequeñas moras (Blackberries) no daban su fruto, y no nos hacían llegar los mensajes. Así durante doce horas y medio planeta, como La Zarzamora, llora que llora por los rincones.
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María Cuevas