Transtorno alimenticio
Observar sufrimiento en nuestros semejantes suele provocar sentimientos de compasión y puede ser un estímulo para ofrecer apoyo o consuelo. Cuando, además, quien sufre tiene alguna relación de dependencia con quien le observa, genera en este una sensación de culpa y responsabilidad por no haber sido diligente en el cuidado o por no haberle dado las oportunas advertencias que evitara el estado actual. Por lo tanto, inherentemente al sufrimiento que genera la enfermedad, está la respuesta del entorno, tanto de ayuda o consuelo, como de culpabilidad.
El trastorno alimentario no es ajeno a estas reacciones del entorno y suele despertar protección y culpa. Ambos sentimientos pueden suponer un “refuerzo” que mantenga la conducta alimentaria alterada. Hablamos entonces del beneficio primario que la enfermedad provoca, tanto por reclamar la atención y el cuidado como por, incluso, la posibilidad de hacer “sentir mal” a quien en el pasado no lo percibimos como suficientemente diligente en su apoyo. Por otra parte, considerar que la conducta alimentaria escapa a la voluntad y que es el resultado de una enfermedad desculpabiliza por el sufrimiento que generamos en las personas con las que mantenemos un lazo de afecto.
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Transtorno alimenticio
Esta afirmación es relativamente frecuente en pacientes que están en tratamiento por un trastorno de la conducta alimentaria. Sin embargo, por mucho peso que pierdan, rara vez llegan a sentirse a gusto con su figura. Ocasionalmente les comento que, igual que no reconocen su voz cuando previamente la han grabado y luego la escuchan, tampoco pueden ver su figura como los demás la perciben. La percepción y valoración de nuestra imagen corporal está influida por la percepción general que tenemos de nosotros mismos, por nuestra autoestima, por experiencias previas, nuestro estado de ánimo o las creencias más o menos conscientes de nuestras cualidades y características. Perder peso y mantener una figura delgada con frecuencia es valorado por el paciente como la demostración más clara de que pueden controlar su vida y supone un claro aliciente en su sentimiento de valía personal. La distorsión y la sobrevaloración de la importancia de su aspecto físico es un síntoma grave y limitante, tanto para su bienestar y autoestima, como para la necesaria seguridad en las relaciones interpersonales. Desgraciadamente, además suele ser persistente, aún cuando los síntomas propios del trastorno alimentario ya hayan remitido y se mantenga un peso saludable con un patrón alimentario adecuado.
Teniendo en cuenta lo anterior, ¿tendríamos que enseñar a los pacientes que han sufrido un trastorno de la conducta alimentaria a conformarse con una percepción alterada o sobrevalorada de forma negativa de su figura corporal? ¿Podríamos afirmar que este síntoma nunca desaparecerá, y que los pacientes se tendrán que acostumbrar a vivir con esa limitación?
La experiencia clínica sugiere que abordar directamente la distorsión de la imagen corporal de los pacientes con un trastorno alimentario suele ser una tarea ardua y con resultados parciales. Sin embargo, “dejar a un lado” los pensamientos en torno a la propia imagen e intentar actuar “como si no se tuviera esta distorsión” potenciando otras áreas de la vida del paciente genera un efecto beneficioso a largo plazo sobre la valoración de la propia imagen corporal. Evitar pensar de forma prioritaria en el aspecto físico y desarrollar otras cualidades no relacionadas con la figura permitirá una mejoría en la concepción global del paciente con clara repercusión posterior en la consideración de su propia imagen.
Fuente foto: stock.xchng
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