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Transtorno alimenticio
Las nuevas tecnologías, Internet, y más en concreto las redes sociales pueden servirnos de gran ayuda en nuestro día a día. Empezando porque nos ayudan a mantener el contacto con ese amigo del colegio al que no vemos desde hace años, pero sabemos que está bien gracias a Facebook; ese otro que está de Erasmus y echamos en falta; o simplemente a los que vemos todos los fines de semana, pero necesitamos saber cómo les va incluso un martes o un jueves.
Además, las redes se pueden convertir en una fuente de aprendizaje. Podemos consultar dudas gramaticales, leer sobre hechos históricos o aprender idiomas. Bien utilizadas se convierten en un gran aliado para la interacción con la sociedad y para nuestro desarrollo académico y profesional.
El problema llega cuando nuestra vida empieza a depender de ellas. Cuando pasamos el día conectados a Facebook, pendientes de lo que publican nuestros amigos. Pero sobre todo, cuando aireamos nuestros sentimientos, lo que hacemos y por donde andamos sin conciencia ninguna. Incluso, en alguna ocasión, la obsesión por estas nuevas redes sociales es tal que afecta a nuestra salud.
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Salud
Llega el verano y la nociva “operación biquini” de cada año. Cuanto más inexplicable y más increíble es la capacidad milagrosa de un producto o de una dieta, más seguidores tiene y más peligrosa es.
Ya pueden hartarse de advertirlo los especialistas sanitarios, las dietas milagro son una plaga. No obstante, nadie se responsabiliza y las consultas de trastornos alimentarios están llenas de ingenuas e ingenuos que empezaron una dieta rápida y sin esfuerzo, y les ha provocado un grave problema de salud.
Des de el año 2010 la publicidad de estos productos no puede emitirse en horario infantil, pero aún así están por todas partes.
Su omnipresencia y accesibilidad despistan a la población que tiende a pensar que si son tan conocidas y accesibles no pueden ser peligrosas.
Es imprescindible que el gobierno empieze a perseguir y sancionar, de acuerdo con la legislación actual, las malas praxis en los productos y su publicidad. Así mismo, es muy importante que todos nosotros tomemos conciencia que aunque estén muy extendidas, no tienen rigor y son altamente peligrosas para la salud.
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Transtorno alimenticio
Es bien sabido que con la llegada de la pubertad se inicia el riesgo de iniciar un trastorno del comportamiento alimentario (TCA). Los cambios hormonales determinan modificaciones corporales que, en última instancia, convertirán físicamente en adulto a quien hasta ese momento no era más que un niño o una niña. Ese riesgo es mayor para las adolescentes que para los chicos. Las chicas, al percibir cómo se modifica su cuerpo, cómo se redondea, cómo se establecen los depósitos de grasa (muslos, caderas…), cómo aumenta su peso, es fácil que experimenten cierta ansiedad, a veces mucha, por el temor de estar alejándose del modelo estético corporal vigente, es decir, de un cuerpo delgado. Cuanto más intensa sea esa insatisfacción corporal, tanto más probable será que incurran en alguna conducta destinada a perder peso y adelgazar y, por tanto, corran el riesgo de sobrepasar lo médicamente correcto e iniciar un TCA.
Pero este riesgo que sufren en mayor o menor medida la mayoría de muchachas adolescentes queda potenciado cuando se trata de chicas que iniciaron su pubertad claramente antes del promedio. Las adolescentes de pubertad precoz, comparadas con las de pubertad promedio, tienen el doble de probabilidades de desarrollar un TCA. Este notable incremento del riesgo nada tiene que ver con la biología, por lo menos directamente. Se trata de la consecuencia de una serie de circunstancias que tienden a empeorar su imagen corporal y alterar su estado de ánimo y su autoestima.
En efecto, al desarrollar su cuerpo y aumentar de peso cuando sus compañeras y coetáneas no lo han hecho facilita que se avergüencen más del cambio y tiendan a sentirse más “gordas” de lo que se sentirían si esos cambios fueran compartidos por el grupo. Por otro lado, al dar una imagen social de chica de mayor edad, suelen ser tratadas y exigidas como si realmente la tuvieran, creándoles desadaptaciones, confusiones y situaciones de estrés.
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Cajon de sastre
La anorexia, la bulimia y otros trastornos del comportamiento alimentario atípicos como los trastornos por atracones (aunque son menos conocidos son igualmente frecuentes y graves) son enfermedades causadas por factores genéticos, biológicos, psicológicos y socioculturales. Estos últimos se deben a que las modificaciones de la ingesta y el adelgazamiento se ven propiciados por un contexto social en que la delgadez es deseable.
En este contexto social conviven valores y estilos de vida que promueven la virtud y necesidad de la delgadez y, curiosamente determinados sectores industriales y la publicidad, tienen un importante peso en el mantenimiento de estos valores, puesto que se traducen en grandes beneficios comerciales. No obstante, cabe preguntarse si todo vale a cambio de vender mucho y si, incluso, unas mejores prácticas comerciales desde el punto de vista de la salud revertirían en más beneficios.
El compromiso de responsabilidad empresarial hacia mejores prácticas que se alejen de promover delgadez a toda costa e insatisfacción corporal por doquier quizá cambiaría la imagen demonizada de algunos sectores acusados de provocar estas enfermedades.
Está claro que el problema de las tallas, de las pasarelas, de determinados productos alimentarios por sí solos no pueden generar anorexia y bulimia -si así fuera todos estaríamos afectados-, pero también está muy claro que su apuesta por un binomio salud/belleza ayudaría a cambiar cánones estéticos inadecuados y marcaría el rumbo de un consumo más saludable y positivo.
Mientras los sectores implicados se duermen en los laureles, la sociedad los cuestiona y empieza a cambiar hábitos de consumo, harta que la esclavizen detrás de una delgadez imposible.
¿Se darán cuenta los publicistas y empresas que el respeto hacia la diversidad pasa por respetar las diferencias corporales y promoverlas?
Fuente foto: stock.xchng
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Transtorno alimenticio
Esta afirmación es relativamente frecuente en pacientes que están en tratamiento por un trastorno de la conducta alimentaria. Sin embargo, por mucho peso que pierdan, rara vez llegan a sentirse a gusto con su figura. Ocasionalmente les comento que, igual que no reconocen su voz cuando previamente la han grabado y luego la escuchan, tampoco pueden ver su figura como los demás la perciben. La percepción y valoración de nuestra imagen corporal está influida por la percepción general que tenemos de nosotros mismos, por nuestra autoestima, por experiencias previas, nuestro estado de ánimo o las creencias más o menos conscientes de nuestras cualidades y características. Perder peso y mantener una figura delgada con frecuencia es valorado por el paciente como la demostración más clara de que pueden controlar su vida y supone un claro aliciente en su sentimiento de valía personal. La distorsión y la sobrevaloración de la importancia de su aspecto físico es un síntoma grave y limitante, tanto para su bienestar y autoestima, como para la necesaria seguridad en las relaciones interpersonales. Desgraciadamente, además suele ser persistente, aún cuando los síntomas propios del trastorno alimentario ya hayan remitido y se mantenga un peso saludable con un patrón alimentario adecuado.
Teniendo en cuenta lo anterior, ¿tendríamos que enseñar a los pacientes que han sufrido un trastorno de la conducta alimentaria a conformarse con una percepción alterada o sobrevalorada de forma negativa de su figura corporal? ¿Podríamos afirmar que este síntoma nunca desaparecerá, y que los pacientes se tendrán que acostumbrar a vivir con esa limitación?
La experiencia clínica sugiere que abordar directamente la distorsión de la imagen corporal de los pacientes con un trastorno alimentario suele ser una tarea ardua y con resultados parciales. Sin embargo, “dejar a un lado” los pensamientos en torno a la propia imagen e intentar actuar “como si no se tuviera esta distorsión” potenciando otras áreas de la vida del paciente genera un efecto beneficioso a largo plazo sobre la valoración de la propia imagen corporal. Evitar pensar de forma prioritaria en el aspecto físico y desarrollar otras cualidades no relacionadas con la figura permitirá una mejoría en la concepción global del paciente con clara repercusión posterior en la consideración de su propia imagen.
Fuente foto: stock.xchng
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Salud
Desde hace bastante tiempo se sabe que la práctica de ciertos deportes constituye un riesgo para el desarrollo de trastornos del comportamiento alimentario (TCA). Entre las muchachas los llamados deportes estéticos son los que más riesgo conllevan: gimnasia, patinaje artístico, ballet, danza, animación (cheerleaders), natación sincronizada… Se trata de deportes o actividades que implican un notable ejercicio físico junto con una especial consideración estética del cuerpo. Es más, algunos de estos deportes han tenido una evolución histórica que les ha conducido a considerar indisolublemente asociada al rendimiento la ostentación de un cuerpo muy delgado, de hecho casi prepuberal. Ya no basta que las practicantes demuestren una buena habilidad psicomotora. Es preciso que encarnen esta habilidad en un determinado tipo de cuerpo. Ballet y gimnasia son los prototipos de estas circunstancias. Más de la mitad de sus practicantes presentan TCA o, por lo menos, una abundante sintomatología.
Estos riesgos y problemas no se observan en muchachas que practican deportes de equipo: baloncesto, fútbol, hockey… Investigaciones recientes han demostrado que uno de los factores más influyentes es la exposición pública del cuerpo. La práctica de deportes estéticos entraña que jueces y público en general contemplen atentamente el cuerpo de las practicantes. Ellas lo saben y suelen experimentar una ansiedad que no experimentan en absoluto las practicantes de deportes de equipo. Además, acostumbran a sufrir directamente la presión de entrenadores/as y profesores/as para que “cuiden” su cuerpo y su peso.
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Cajon de sastre
Tal y como os contábamos en este mismo blog, el pasado 15 de febrero la Agencia de Calidad de Internet (IQUA) y la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB) hicieron público un informe donde avisaban de la preocupante proliferación en la Red de peligrosos contenidos pro anorexia y bulimia, con un alarmante protagonismo dentro de las redes sociales.
En él se dedicaba un apartado especial al importante papel que juegan las plataformas y servidores de Internet donde se alojan esos nocivos contenidos, ya que tanto la retirada como el cierre de estos espacios depende, en gran medida, de la voluntad de cada empresa y de su implicación con este problema. Dado que la mayoría de los jóvenes (muchos de ellos menores) dedican un importante número de horas diarias a las redes sociales (Tuenti, Facebook, etc.), los responsables del estudio consideran que es necesario que se tomen una serie de medidas para el seguimiento, rastreo y detección de estos peligrosos contenidos.
Por ello, desde la IQUA han realizado una asesoría individualizada para cada plataforma, que ha servido para elaborar diferentes documentos donde se explican los perfiles de usuarios, grupos, páginas y eventos nocivos que se han encontrado en ellas. Este análisis no sólo ha permitido identificar los contenidos a eliminar, sino que sirve a su vez de guía para posibles actuaciones de cada red social.
Y a juzgar por los resultados, parece que dos de las redes sociales con mayor presencia en nuestro país tienen muy claro lo importante que es borrar la estela de estos nada saludables hábitos alimenticios y parece que han tomado conciencia del problema y están dispuestas a fomentar e impulsar una navegación saludable y segura, especialmente para nuestros menores.
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Experiencias
¿Qué pasa cuando un chico o una chica enferman de anorexia o bulimia nerviosa? ¿Qué impacto puede tener entre sus compañeros y compañeras de clase?
El trabajo que se realiza desde la prevención de estas enfermedades en los centros escolares nos da pistas a lo largo de los años de cómo puede impactar la aparición de un trastorno del comportamiento alimentario en el grupo de clase.
Muchas veces, las amigas y los amigos son los primeros en conocer la situación que vive la persona enferma: les escuchan, le aconsejan, pero cada vez tienen más claro que su amigo/a necesita ayuda profesional. Un chico o una chica de 15 años no puede convertirse en terapeuta pero puede ser clave para motivar a su amigo para que hable con sus padres de lo que les está ocurriendo y pida ayuda profesional.
Cuando la anorexia entra en clase puede contagiarse entre amigas y amigos. ¿Pero un trastorno de la conducta alimentaria se transmite como un virus? A veces nos puede dar esta sensación y dejarnos atónitos. En ocasiones la persona que enferma puede resultar tener un papel líder entre sus compañeras y éstas iniciar comportamientos similares para conseguir su mismo objetivo: adelgazar a cualquier precio. Si además añadimos que estos comportamientos merecen un reconocimiento del grupo, pueden mantenerse en el tiempo. Lo que puede presentarse en un inicio como una competición (comparación del peso perdido, dietas restrictivas conseguidas…) lamentablemente puede desembocar en un trastorno potencialmente muy grave con serias consecuencias físicas y psicológicas.
El trabajo de la autoestima para valorarse a través de otros parámetros que no sean el físico y la imagen corporal desde la escuela y desde la familia puede resultar clave para la prevención de estas enfermedades.
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